Desde bien pequeña he sido consciente del peso de la amistad en mi. Siempre, siempre, he tratado de cuidarla y mimarla al máximo, con todos y cada uno de mis aciertos y errores cometidos, que al final han sido aprendizajes fantásticos. Para mi la amistad siempre ha sido y es vital.

Compartir juegos y travesuras con los amigos de la infancia, atravesar y digerir los cambios de la adolescencia como pudimos y pasar esa racha de creer que te lo sabes todo con mis compañeros de época y amigos, los primeros tonteos, descubrir y vivir el mundo de la noche, comenzar estudios superiores y que te invada esa sensación de que eres un poco adulto, arrancar mi andadura laboral, cambios de ciudad entre medias de todo esto….en resumen crecer, transformarme con el paso del tiempo y siempre estar rodeada de amistades que en ocasiones han sido pilares en ese preciso momento y en otras lo son, de alguna manera, siempre.

No imagino cómo habría sido mi vida sin estos compañeros de viaje. De vieja hornada o mucho más recientes, son personas todas ellas con la que establezco una exclusiva complicidad, un tipo de relación de la que no hay dos iguales que considero me fortalece en las razones y en las emociones.

A veces mis amigos aprecian el mundo muy parecido a como lo veo yo, y otros lo ven muy diferente, pero en ambos casos es fantástico el compartir con ellos nuestras perspectivas o formas de vivir. ¡Qué enriquecedor! Con esto me he dado cuenta de que con el paso del tiempo vivo la amistad de otra manera, mucho más sana, respetuosa y plena. No sé si te ha pasado pero con mis amigos de la adolescencia y post adolescencia me entregaba en exceso, esperaba en parte que me respondiesen de la misma manera y ahí comenzaba mi sufrimiento, ya que no entendía que la amistad no es ser o hacer igualmente. Comenzar a respetar mis propios límites, entregarme a raudales pero de manera sana, vivir centrada en mi disfrutando de mi alrededor….muchas han sido las cosas que me han ido cambiado hasta poder ver la amistad tal y como la veo hoy.

Hoy comprendo la amistad como ser uno mismo, cada uno con sus peculiaridades, defectos, brillanteces y fallos…la amistad la vivo a través de una complicidad concreta con alguien, lejos de sus virtudes y defectos, y centrándome en esa complicadad por encima de todo lo demás.

Cada amigo tiene su hueco en mi vida y todos ellos me resultan fundamentales para mil aspectos. Amigos con los que comparto felices momentos de ocio, los que me necesitan o les necesito para subir o bajar ánimos, los de toda la vida que pueden estar más o menos presentes en mi vida diaria pero son y siempre serán, aquellos con los que en algún momento compartí un hobby y nos lleva a vivir momentos fantásticos juntos, aquellos amigos con los que hablas de ti y de tu interior más hondo, aquellos con  los que compartes el sentido del humor y del amor y te ries sin parar y adoras reir y reir…Muchas veces me he preguntado ¿Cuántos tipos de amistad existen? Tantas como amigos tengo.

Siento que de verdad he aprendido a disfrutar de la amistad y de los diferentes tipos de amigos, con todas sus grandezas y limitaciones. Todos ellos me aportan, y mucho, cada uno a su modo. Lo enormemente revelador para mi ha sido entenderlo. Antes necesitaba sentir que tenía un mejor amigo, pero ya no me gusta ponerles etiquetas a ninguno de ellos. Son todos, sin más. Y como colofón está mi marido, que es mi gran amor en todos los sentidos y esa persona que se llevaría todas las mejores etiquetas que puedo ponerle a alguien.

¿Sabes una cosa? A menudo pienso que en realidad no me voy haciendo mayor con el paso del tiempo, sino que me voy haciendo a mí misma y me voy construyendo feliz. Y no puedo dejar de decir que la vida sería mucho peor sin todos ellos, sin todos vosotros amigos míos.

¡Gracias por ser!

 

María Lagares

Antik new concept. El espacio de los nuevos creadores